Camile Juárez es Maya K’iche’ Fotógrafa e Investigadora. Se dedica a buscar los puntos de encuentro entre los feminismos, arte y la incidencia social. Su principal formación se llevó a cabo en la escuela nacional de Artes plásticas de Guatemala continuando posteriormente con el Diplomado en fotografía y gestión de proyectos de Fototeca Guatemala y en Creatorio Artístico Pedagógico CAP. Actualmente es estudiante de Antropología y Sociología en la Universidad del Valle. En el año 2021 fue becada en el programa de producción de Fotolibros CAMPO (México y Argentina). Su trabajo artístico ha sido presentado en diferentes exposiciones colectivas y ha sido invitada a participar en foros sobre arte, feminismo y gestión cultural a nivel local e internacional.
A veces se me olvida que las amistades son relaciones sociales que están atravesadas por desigualdades, relaciones de poder y transgresiones pero que al mismo tiempo conviven con sonrisas, complicidades y compañía. Hace poco terminé una de las amistades más significativas de forma muy abrupta, sin explicación, sin oportunidad de conversación ni la posibilidad de reparación. Desde mi lugar el motivo que nos llevó a ese punto tenía solución, pero como mencioné al principio la amistad está atravesada por complejidades sociales que en varias ocasiones superan nuestras herramientas relacionales.
Este final me llevó a nuevos comienzos personales y emocionales a hacerme preguntas sobre qué significado le doy a tener una amiga, encontrando que dentro de mi educación existen dos narrativas alternas que me enseñaron lo que representa la amistad. La primera es la que aprendí en casa, la amistad no es un vínculo lo suficientemente válido como para dedicarle tiempo, energía y cariño. Recuerdo con claridad peleas entre mis padres porque mi mamá tenía amigos, reclamos y cuestionamientos sobre el tiempo que le dedicaba a sus proyectos ajenos a su relación de pareja.
También tengo presente la imagen de un padre solo, su principal interacción era el trabajo y la familia. En algún momento quiso encontrar una amiga en mí pero eso no era posible porque simplemente él no sabía tener amigos y desconoce la responsabilidad que conlleva cuidar a otra persona más allá de solo cumplir obligaciones.
Mi abuela en cambio siempre se encontraba rodeada de personas a las que ella les decía ‘’hermano o hermana’’ así es como le dicen a los amigos dentro de su comunidad de fé. Señoras que me vieron crecer, en verano planeamos viajes a la playa y el día que se enfermó fueron las primeras en llegar. Ninguna de ellas tiene un lazo sanguíneo que las una más allá de compartir una comunidad que las invita a organizarse y colectivizar para compartir una espiritualidad.
Cuando me encontré con el feminismo (Y escribo ‘’el feminismo’’) porque mi primer contacto con la lucha de mujeres de forma teórica fue con el feminismo hegemónico, me topé con conceptos como la sororidad y que las mujeres podían ser amigas. Desde mi experiencia nunca dudé que las mujeres podían ser amigas, porque en mi infancia crecí rodeada de ellas y podía en ese momento reconocer a personas que consideraba amigas.
Empecé a ver la relación entre mujeres como algo sagrado, incuestionable y como un posible lugar donde las cosas se podían transformar. En este camino encontré a muchas mujeres que compartían estos lineamientos y llegué a creer que las amigas sí cambiaban el mundo. Empecé a compartir la intimidad de cada una, a cargar con sus historias, duelos, enojos y miedos. Quería estar presente para cuando me necesitaran y hacer lo que fuera para que nadie las tocara.
Introducirme a esas profundidades me permitió reconocer la historia que atraviesa a cada una y pude ver que no todas teníamos las mismas condiciones sociales para ser amigas. Sentí la desigualdad en otra esfera que nadie me había explicado y no encontraba respuesta en ningún texto. Reconocí a las relaciones de amistad como algo frágil que después de una pelea por whatsapp, un chisme, noviazgo u opinión se podrían acabar.
No éramos solo mujeres compartiendo como nos lo plantea el feminismo, somos personas con conflictos raciales, sexuales, emocionales y de clase social. No todas tenemos un contexto que nos permita construir relaciones de amistad porque culturalmente se nos enseñó a priorizar a la familia y la pareja. Vivir con la consciencia de que otras formas de relacionamiento pueden existir ajenas a estas lógicas implica enfrentarse a la orfandad, a un tipo de exilio que no se nombra pero que varias personas vivimos en sociedades donde construir otro núcleo es retar a una cultura segregacionista de los afectos.
No todas estamos preparadas para ser amigas, aunque lo deseemos. Porque implica reconocerse dentro de un sistema con aprendizajes inconscientes, donde la jerarquía afectiva tiene la misión de aislarnos en pequeños sectores para regularizar las demostraciones de afecto sancionando todo lo que salga de este modelo a partir de la subestimación o el descarte.
Como menciona Vir Cano, hay amores que tienen pocos y escurridizos relatos disponibles. Hay dolores para los que nos faltan poesías, canciones y ficciones compartidas. ¿Qué registros nos quedan de los amigos que se fueron? ¿Cómo contamos la experiencia de las desigualdades emocionales que afronta la amistad?. No tengo respuestas concretas para estas preguntas pero después de varios duelos algo me queda claro y es que encontré dentro de la amistad la posibilidad de imaginar convivencias profundas que deciden desde la autonomía acompañar o desertar.
Las vivencias dentro de la amistad no son lineales, hay personas que acompañan en momentos específicos, que transitan de forma temporal o que congenian a partir de experiencias comunes. Considero importante reconocer que el aporte transformador de cada una de estas vinculaciones es que nos brindan un panorama de complejidades de relacionamiento y son el reflejo del comportamiento colectivo atravesado por la historia.
Quisiera ubicar este relato en el contexto centroamericano, específicamente de Guatemala que lidia en su presente con una generación post guerra que heredó relaciones sociales fragmentadas donde las heridas son abono para la desintegración colectiva, poniendo en sospecha cualquier relación que no te brinde certezas inmediatas. Sospechar del otro se convierte en un arma de Estado que no permite la articulación ciudadana y afectiva. Haciéndonos sostener articulaciones políticas que nos absorben, agotan y cansan.
En el libro militancia alegre uno de los argumentos respecto a la amistad y la articulación política es que la práctica afectiva debe de ser cotidiana y que en lugar de priorizar ideologías deberíamos de cuidar las relaciones que sostienen la lucha que tanto anunciamos. Creer en la amistad desde este contexto se convierte en una ficción difícil de imaginar, pero no podemos construir lo que no nos atrevemos a soñar. Pensar que la amistad puede hackear este sistema colonial segregacionista a través de la consciencia de lo que implica compartir, acompañar y crear comunidad. L*s amig*s nos permiten construir una realidad alterna al presente que vivimos porque a través de la imaginación, las risas y la complicidad podemos transformar temporalmente la realidad de un país que nos despoja humanidad todos los días.
Referencias:
Cano, V. (2022). Po-éticas afectivas, Apuntes para una re-educación emocional. Buenos Aires: Galerna .
Carla Bregman, N. M. (2023). Militancia alegre. Tejer resistencias, florecer en tiempos toxicos. . California: Tumba la casa ediciones, traficantes de sueños.